El nouveau roman se caracteriza por un grado de objetividad llevado al punto en el que el autor no interviene con las situaciones o los personajes y muchas veces los personajes son sólo espectadores de un mundo de objetos que parecen cobrar el principal valor (en cuanto actantes) de las obras. Este movimiento, en el que se incluyen en mayor o menor medida a Nathalie Sarraute, Claude Simon, Michel Butor, Robert Pinget, Marguerite Duras o Samuel Beckett, entre otros, fue apoyado por grandes críticos, como Roland Barthes, sobre quien ha escrito páginas agudas Robbe-Grillet.

La escritura de Alain Robe-Grillet ha sido descrita como “realista”, “fenomenológica” (en el sentido que le da Heidegger) o como “una teoría de la superficie pura”. Las descripciones metódicas, geométricas y a menudo repetitivas de los objetos y de los lugares revelan la psicología y la personalidad de los personajes. El lector tiene que recomponer la trama y las experiencias emocionales a partir de la repetición de las descripciones, de la atención prestada a detalles en apariencia insignificantes, y de las rupturas en la continuación lógica, como si se tratara de un rompecabezas. Este proceso recuerda el método de la psicoanálisis en el que el significado profundo se revela por medio de la discontinuidad o de la asociación de ideas. Tanto la trama como el desarrollo cronológico están fragmentados, por lo que la novela resultante podría ser el equivalente literario de la pintura cubista.