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En gran parte de África la tierra está nacionalizada o controlada por el Estado. El Banco Mundial estima que sólo entre el 2% y el 10% pertenece a propietarios particulares. Las razones de tan escasa propiedad privada formalizada son los complejos, caros y largos procedimientos de adquisición legal. Pero los derechos sin formalizar podían verse amenazados. El Estado es quien se presenta como legítimo propietario. La cuestión es relevante, pues existe una gran diferencia entre ser considerado usuario o dueño, especialmente a efectos compensatorios. En la práctica, estas grandes adquisiciones funcionan como expropiaciones. La falta de titulación y de registros públicos fiables facilita que muchos afectados no sean tenidos en cuenta en el proceso. Ser tratado como mero usuario y no como propietario debilita la calidad del activo expropiado y la cuantía de lo que se considera una justa compensación.

El rapto de África

Los inversores dan por sentado que la tierra en África es barata y abundante. Los satélites dan unas estimaciones de unos 227 millones de hectáreas cultivables. Sin embargo, la propia FAO reconoce que la tierra africana no carece de dueño y que es frecuentemente objeto de reclamación o litigio. Recientemente tuve ocasión de conocer al Nuncio de su Santidad en Nairobi por un asunto relacionado con una ONG española que quería construir un hospital servido por monjas en un terreno cedido por un político local. Todas las preguntas que hizo estaban relacionadas con el título de propiedad y la naturaleza del contrato de cesión. En Kenia el asunto del reparto y titularidad de la tierra genera no pocos conflictos étnicos, que a veces estallan violentamente. No se puede tomar en serio la afirmación de que la mayoría de la tierra cultivable está infrautilizada o en desuso. Otra cosa es que los gobiernos locales y los inversores extranjeros tengan poco interés en reconocer usos tradicionales y derechos de terceros.

El rapto de África

As Edward Said (1995 [1978]) has pointed out, the constitution of the Orientwas at once a mode of conceptualizing the other, and a way of constituting theself. Europe was not that, and therefore was this.

Ibid

By tracing the usage of territory in the constitution of Europewe aim to show how the unquestioned assumptions reveal a wider problemwith the conceptualization of this key term in debates about Europe and tostress how territorial imaginations/images of territory are powerful preciselybecause they are an ‘invisible’, taken for granted, part of our understandings ofspace and politics.

Stuart Elden, The constitution of a EU territory

El decir de la historia no es una palabra imaginaria ni un discurso carente de pertenencia social. Su acto de nombrar el pasado y construir una identidad cultural se lleva a cabo desde la decisión de un “nosotros” que lo hace posible. En tal sentido, las diversas y sucesivas articulaciones del discurso histórico informarían más de la efectividad de las cosas que suceden en el presente y no tanto de un supuesto pasado que espera ser descifrado. La historiografía no sería lo que llega a “nosotros” desde el pasado, sino aquello que precisamente comienza con “nosotros”13. Sin embargo, esta afirmación de la función decisiva del lugar en el orden de la operación historiográfica, no indica aun nada respecto de la singularidad de lo que esta actividad fabrica o exactamente hace al momento de hablar de la sociedad y de la muerte.

…Para el mundo antiguo historia y memoria estaban intrínsecamente relacionadas, de manera que el ejercicio del recuerdo era considerado pieza fundamental en la confección del relato histórico, ambos términos irían disociándose hasta culminar en su total separación en la historia del siglo XIX. Los historiadores del siglo XIX considerarían a la memoria incapaz de aportar el rigor necesario para la constitución de una disciplina científica como la historia. En lugar de la me- moria, atrapada en sensaciones e imágenes volubles, la historia habría de fundarse sobre la prueba objetiva, de modo que instauró al documento como su objeto de investigación privilegiado. En consecuencia, la propuesta del propio Samuel consistiría en regresar a esa situación en que la memoria y la tradición se constituían como herramientas fundamentales en la escritura de la historia…

Relacionar con site ontology.
Frente a sólo el documento escrito, la narración, la interpretación de la fotografía.
Papel de la interpretación en la escritura de la historia.

Como historiador marxista, uno de los objetivos que Samuel tuvo presente a lo largo de toda su carrera, y que se hace especialmente manifiesto en su libro Theatres of Memory, fue el de retirarles a los expertos y a la academia el derecho de monopolio sobre la historia, para devolverle su carácter de disciplina social. Se- gún señalaba, la historia no es tanto una disciplina científica capaz de ofrecer una imagen exacta de los acontecimientos pasados, sino una forma social del conoci- miento y que, como tal, varía en su forma y sus contenidos a lo largo del tiempo. Bajo su perspectiva, la historia no viene conformada tanto por la aplicación de un método de investigación riguroso, sino por una serie de prácticas y de institucio- nes sociales que la hacen dependiente del contexto social en que es escrita.

Explicit memory involves conscious recollection, compared with implicit memory which is an unconscious, unintentional form of memory. Remembering a specific driving lesson is an example of explicit memory, while improved driving skill as a result of the lesson is an example of implicit memory.

Whereas I, on a lovely spring day in 1955, suddenly came to the realization that there exists only one reality, and that is me, my own life, this fragile gift bestowed for an uncertain time, which had been seized, expropriated by alien forces, and circumscribed, marked up, branded – and which I had to take back from “History”, this dreadful Moloch, because it was mine and mine alone, and I had to manage it accordingly.

I daresay that the first and most shocking discovery made by writers in our time was that language, in the form it came down to us, a legacy of some primordial culture, had simply become unsuitable to convey concepts and processes that had once been unambiguous and real. Think of Kafka, think of Orwell, in whose hands the old language simply disintegrated. It was as if they were turning it round and round in an open fire, only to display its ashes afterward, in which new and previously unknown patterns emerged.


So when I speak of a vision, I must mean something real that assumes a supernatural guise – the sudden, almost violent eruption of a slowly ripening thought within me. Something conveyed in the ancient cry, “Eureka!” – “I’ve got it!” But what?

Poetry flourished, particularly in performance, where the evocative power of words and images combined with the physical language of the body to create an intense immediacy.

It is as if moral complexity – a major source of literary value – is contrasted with political agency, whose capacity for reductive simplification may devalue the complicating tendencies of literature.

There isn’t a great deal in South Africa that can be called “political literature” in the sense of a literature that dramatises political activism. We are more likely to see literature that “politicises” by deepening of awareness

To counter such contemporary tendencies, we need writing that explodes willed invisibility so that we can see with an awareness that recognises the dangerous present, and at the same time enables us to project our minds and our imaginations far into the future to prevent current trends from turning into tragedy in the long term.



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