El decir de la historia no es una palabra imaginaria ni un discurso carente de pertenencia social. Su acto de nombrar el pasado y construir una identidad cultural se lleva a cabo desde la decisión de un “nosotros” que lo hace posible. En tal sentido, las diversas y sucesivas articulaciones del discurso histórico informarían más de la efectividad de las cosas que suceden en el presente y no tanto de un supuesto pasado que espera ser descifrado. La historiografía no sería lo que llega a “nosotros” desde el pasado, sino aquello que precisamente comienza con “nosotros”13. Sin embargo, esta afirmación de la función decisiva del lugar en el orden de la operación historiográfica, no indica aun nada respecto de la singularidad de lo que esta actividad fabrica o exactamente hace al momento de hablar de la sociedad y de la muerte.