Sólo en el curso de visitas posteriores a Berlín oriental surgió en mí un asombro escindido, en el que dos sentimientos se reforzaban mutuamente. Aquella semi-ciudad detrás del muro me pareció desde el primer momento totalmente conocida. No sólo los cubos de basura, las cajas de las escaleras, los pomos de las puertas, los radiadores de calefacción, las pantallas de las lámparas y los papeles pintados, sino también la vida mitigada y recelosa del otro lado me resultaba familiar hasta el aburrimiento. Aquello era la ciudad-sombra, la placenta, la edición de emergencia de Berlín occidental. A la tendencia a reconocer ciertas cosas se oponía la impresión de haber aterrizado demasiado bruscamente en otro planeta. La vida en él no sólo era distinta en cuanto a la organización externa, sino que, hasta en los menores reflejos, obedecía a otra ley, definida con excesiva rapidez por la alusión a sistemas sociales diferentes y a sus ritmos evolutivos. En Nueva York me orientaría mejor que en esa semi-ciudad, separada de mi domicilio por cinco kilómetros en línea recta.

El saltador del muro