La literatura policial se funda (como lo han notado Chesterton, Borges y Butor y lo ha esquematizado Todorov) en la tensión insalvable entre el crimen y el relato. En realidad es una diferencia esencial: el crimen tiende al secreto, al silencio, a la huella borrada y está fuera del lenguaje mientras que el relato hace hablar lo que se mantiene oculto, dice de más, revela y delata. En este sentido el gé­nero se funda en una paradoja: cuando el crimen es perfecto es invisible y es abstracto y por lo tanto no se lo puede reconstruir. Están sus huellas, pero sus huellas no llevan a ningún lado. (…) El crimen perfecto só­lo puede ser escrito desde la óptica del asesino. De lo contrario es só­lo un“caso”, una historia abierta y sin sentido como las que proliferan en la cró­nica roja de los diarios.

Ricardo Piglia en su prefacio a Crímenes perfectos