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The Projective Landscape Stylos Conference wants to research and explore the similarities between a few -at first sight- seemingly diverse developments within the architecture debate taking place in Europe and the United States. These developments appear to offer a fruitful strategy for architecture in the 21st century. Because this specific debate is very scattered, the conference aims to map and clarify these different developments and hopes to come to a clearer formulation of what now is being referred to as projective practice. By which we mean an architecture that is engaged with the reality of the society in which it is embedded, but focuses on its own discipline instead of looking for legitimatization of its practice in just societal criticism or in disciplines outside itself like sociology and philosophy.

In the wake of the problematisation of modernism, the discipline of architecture has witnessed a marked turn in its understanding of this ability. The potential for architecture to be engaged with and thus critical of the existing, was no longer to be located in the affirmative realm of the architectural project, but shifted, with Tafuri – under the influence of various schools of Marxism and critical theory – to the realm of history and theory. Whether asserting architecture’s socio-economic determination, or promoting its autonomy, the arguments were founded upon one central inclination: the preference for theory as the ultimate guide for criticality in architecture.

Agency in Architecture: Reframing Criticality in Theory and Practice
Isabelle Doucet and Kenny Cupers, editors

For architects to start agitating instead of calming, they must turn against their own discipline, shaking ancient and contemporary assumptions in order to shake the occupant, or shake the very idea of the occupant. There has to be a tactical redefinition of the client, program, construction, publication, ethics, and so on. Architectural agitators must be disloyal to their disciplinary norms. Architecture can only shake us when it takes the risk of not being called architecture. The challenge to architects is to challenge architecture, to shake us, and keep shaking. The concept of the architect must be expanded. Role models can be found in the most unlikely of places.

More precisely, architecture produces the effect of an outside. It invents the idea of the exterior, the unruly territory that is tamed by a shelter. It is not so much the construction of a secure interior as the production of a picture of external agitation, which is then seen to buffet the building but not move it. Architecture paints a picture of chaos giving way to order, control, safety, security, stability, etc. It frames agitation. If there is no life without agitation, there would be no concept of agitation without architecture. Agitation is even an architectural concept then, but architecture itself is not agitated. Architecture is exactly that which resists. For all its talk of motion, it is a resistance to movement rather than a resistance movement. It is an effect of stillness. It slows things down, it calms, even tranquilizes. It allows mobility to be seen as such by remaining static. Architecture is simply that which emerges from a resistance to agitation. To be an architect is to embroider the line where the shaking stops.

Architecture is in a grim situation after the collapse. How it will survive is not yet clear to me, although if I had to make a guess it would be to turn to the idea of the “expanded architect” that Columbia architecture Dean Mark Wigley promotes, suggesting that architecture school is a great training ground for the flexible designer of the future, even if she or he can’t doesn’t work in architecture.

Whitman’s Specimen Days, which he described as “the most wayward, spontaneous, fragmentary book ever printed,” is a moving scrapbook of clippings and jottings from the whole span of his life, including his years as a volunteer nurse in Union hospitals. While conceding that “the real war will never get into the books,” in Specimen Days Whitman tried to get at what he called the “interior history” of the war. Unlike more conventional scrapbookers with their impersonal digests of clippings from the distant battlefront, Whitman (who famously boasted, “I am large. I contain multitudes”) wrote himself into the proceedings

simultaneidad: el aleph como presente absoluto

Cumplí con su ridículo requisito; al fin se fue. Cerró cautelosamente la trampa, la oscuridad, pese a una hendija que después distinguí, pudo parecerme total. Súbitamente comprendí mi peligro: me había dejado soterrar por un loco, luego de tomar un veneno. Las bravatas de Carlos transparentaban el íntimo terror de que yo no viera el prodigio; Carlos, para defender su delirio, para no saber que estaba loco tenía que matarme. Sentí un confuso malestar, que traté de atribuir a la rigidez, y no a la operación de un narcótico. Cerré los ojos, los abrí. Entonces vi el Aleph.

Arribo, ahora, al inefable centro de mi relato, empieza aquí, mi desesperación de escritor. Todo lenguaje es un alfabeto de símbolos cuyo ejercicio presupone un pasado que los interlocutores comparten; ¿cómo transmitir a los otros el infinito Aleph, que mi temerosa memoria apenas abarca? Los místicos, en análogo trance prodigan los emblemas: para significar la divinidad, un persa habla de un pájaro que de algún modo es todos los pájaros; Alanus de Insulis, de una esfera cuyo centro está en todas partes y las circunferencia en ninguna; Ezequiel, de un ángel de cuatro caras que a un tiempo se dirige al Oriente y al Occidente, al Norte y al Sur. (No en vano rememoro esas inconcebibles analogías; alguna relación tienen con el Aleph.) Quizá los dioses no me negarían el hallazgo de una imagen equivalente, pero este informe quedaría contaminado de literatura, de falsedad. Por lo demás, el problema central es irresoluble: La enumeración, si quiera parcial, de un conjunto infinito. En ese instante gigantesco, he visto millones de actos deleitables o atroces; ninguno me asombró como el hecho de que todos ocuparan el mismo punto, sin superposición y sin transparencia. Lo que vieron mis ojos fue simultáneo: lo que transcribiré sucesivo, porque el lenguaje lo es. Algo, sin embargo, recogeré.

En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Frey Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer de pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemont Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (de chico yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplicaban sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osadura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi propia sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.

Sentí infinita veneración, infinita lástima.

Simondon defines the “allagmatic operation”  as one in which energy is considered as a fundamental element in the production of an individual object or body. The individual is no longer a being, but an act that requires energy to exist. In this act, “the becoming of each molecule resounds on the becoming of all others.”  Such a definition can also be applied to various insurrectional movements because a collective action of political emancipation precisely constitutes an act of individuation. The barricade and the tunnel are physicl productions of such an act. Their forms, or rather their formlessness, are the direct result of energy applied to matter.

Abject Matter: The Barricade and the Tunnel
Léopold Lambert – LOG 25

Latour ends his contribution to the Candea volume with an intriguing section called “Digital traceability … Tarde’s vindication?”.  The key idea here is that the twenty-first century permits social scientists to go decisively and transparently beyond the primitive aggregative statistics that underlay Durkheim’s approach to the “social whole.”  Tarde, and Latour, look at Durkheim’s social whole as no more than a crude statistical aggregation of data; and, according to Latour, Tarde had envisioned a time when the statistics and quantitative data deriving from social behavior would be transparent and visible.  This, Latour suggests, is becoming true.  Today we can look at social data at a full range of levels of aggregation, moving back and forth from the micro to the macro with ease.  Here is Tarde’s version of the vision:

If Statistics continues to progress as it has done for several years, if the information which it gives us continues to gain in accuracy, in dispatch, in bulk, and in regularity, a time may come when upon the accomplishment of every social event a figure will at once issue forth automatically, so to speak, to take its place on the statistical registers that will be continuously communicated to the public and spread abroad pictorially by the daily press.

And here is Latour’s comment:

It is indeed striking that at this very moment, the fast expanding fields of “data visualization”, “computational social science” or “biological networks” are tracing before our eyes, just the sort of data Tarde would have acclaimed. … Digital navigation through point-to-point datascapes might, a century later, vindicate Tarde’s insights.

La crítica implica conceptos nuevos (de lo que se critica) tanto como la creación más positiva. Los conceptos han de tener contornos irregulares conformados según su materia viva. ¿Qué es lo que no es interesante por naturaleza? ¿Los conceptos inconsistentes, lo que Nietzsche llamaba los “informes y fluidos garabatos de conceptos”, o bien por el contrario los conceptos demasiado regulares, petrificados, reducidos a un esqueleto? Los conceptos más universales, los que se suele presentar como formas o valores eternos, son al respecto los más esqueléticos, los menos interesantes. No se hace nada positivo, pero nada tampoco en el terreno de la crítica ni de la historia, cuando nos limitamos a esgrimir viejos conceptos estereotipados como esqueletos destinados a coartar toda creación, sin ver que los viejos filósofos de quienes los hemos tomado prestados ya hacían lo que se trata de impedir que hagan los modernos: creaban sus conceptos, y no se contentaban con limpiar, roer huesos, como el crítico o el historiador de nuestra época. Hasta la historia de la filosofía carece del todo de interés si no se propone despertar un concepto adormecido, representarlo otra vez sobre un escenario nuevo, aun a costa de volverlo contra sí mismo.

Gilles Deleuze y Felix Guattari
¿Qué es la filosofía?


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