La literatura que él pretendía hacer, al contrario de lo que algunos le achacaban, era profundamente realista. Quizás no poseía una R mayúscula, como la calificaba él, ni estaba contada de forma lineal, pero reflejaba los acontecimientos, paisajes, y sensibilidades del momento

En este ensayo se puede apreciar una evidente intensidad narrativa, pero también la profunda carga realista del mismo. Algo que Wallace siempre defendía cuando trataba de explicar su obra de ficción. La literatura que él pretendía hacer, al contrario de lo que algunos le achacaban, era profundamente realista. Quizás no poseía una R mayúscula, como la calificaba él, ni estaba contada de forma lineal, pero reflejaba los acontecimientos, paisajes, y sensibilidades del momento. Le preocupaba la televisión, la cultura pop, la publicidad, y las drogas, porque formaban parte de la sociedad de su país y, en cierto sentido, todos estos elementos crearon —especialmente en esa época— la idiosincrasia de la nación. Dejar de lado las referencias televisivas, como el programa Late Night with David Letterman, al que le dedicó un famoso relato, o Alcohólicos Anónimos, sería obviar un pedazo de realidad contemporánea. Un verdadero artista que pretenda, a través de sus novelas, describir el mundo que le rodea, debe poner toda la carne en el asador. La construcción del escritor requiere la puesta escena de una inevitable catarsis. El viaje de La broma infinita es un ejemplo de descripción de ese “todo”.


En una de las cartas a Kirkpatrick Sale, Pynchon afirmaba que “la novela tradicional realista es el único tipo de novela que vale una mierda”. Una aseveración cuanto menos sorprendente, ya que Pynchon se convirtió en uno de los autores emblemáticos del postmodernismo literario, con un estilo muy alejado de ese tradicionalismo que tanto admiraba.

via La obsesión postmodernista y la fascinación por el absurdo: David Lynch, Foster Wallace y Thomas Pynchon | FronteraD.