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Mariano Fortuny

Mariano Fortuny, Bull Yard 1866

no confundamos al flâneur con el mirón y a la multitud con la muchedumbre, cuestiones de individualidad…

“No confundamos al flâneur con el mirón: [...] el flâneur… está siempre en [...] posesión de su individualidad, mientras la del mirón desaparece, al contrario, al quedar absorbida por el mundo exterior [...] que lo hace exaltarse, embriagado, hasta el éxtasis. Bajo la presión del espectáculo el mirón se hace un ser impersonal; ya no es un hombre: es público, es decir, muchedumbre.”

Obra de los pasajes
Victor Fournel. Ce qu’on voit dans les rues de Paris, París 1858, p. 263. Cit. en Obra de los pasajes, M 6, 5

via Atlas Walter Benjamin – flâneur.

mordaza

“Creía en todo lo que ella me decía. Me quedó grabada la masa informe de don Achille que corre por galerías subterráneas con los brazos colgando, sosteniendo entre los gruesos dedos la cabeza de Nu con una mano y la de Tina con la otra. Sufrí mucho. Me dio la fiebre del crecimiento, me recuperé, volví a enfermar. Padecí una especie de disfunción táctil, a veces tenía la impresión de que, mientras todos los seres animados a mi alrededor aceleraban sus ritmos de vida, cuando yo tocaba las superficies sólidas se volvían blancas o se hinchaban dejando espacios vacíos entre su masa interna y la capa superficial. Cuando me palpaba el cuerpo tenía la impresión de que estaba tumefacto y eso me entristecía. Estaba segura de tener mejillas como globos, manos rellenas de serrín, lóbulos de las orejas como serbas maduras, pies en forma de hogazas de pan. Cuando pisé otra vez la calle y volví a ir a la escuela, sentí que el espacio también había cambiado. Parecía encadenado entre dos polos oscuros, por un extremo estaba la burbuja de aire subterráneo que presionaba desde las raíces de las casas, la siniestra caverna en la que habían caído las muñecas; por el otro estaba el globo allá en lo alto, en el cuarto piso del edificio donde vivía don Achille, que nos las había robado. Los dos balones estaban como atornillados en la punta de una barra de hierro que, en mi imaginación, cruzaba oblicuamente los apartamentos, las calles, el campo, los túneles, las vías, y los compactaba. Me sentía aprisionada dentro de aquella mordaza junto con la masa de cosas y personas de cada día, y tenía mal sabor de boca, una permanente sensación de náusea que me consumía, como si todo, así comprimido, siempre más apretado, me triturara y me convirtiera en una crema repugnante.”

Elena Ferrante, La amiga estupenda

The Chapter: A History

Fielding’s older brother, the novelist Henry Fielding, had already, in “Joseph Andrews” (1742), explained “those little Spaces between our Chapters” as “an Inn or Resting-Place, where he may stop and take a Glass, or any other Refreshment, as it pleases him.” Chapter titles, Fielding proceeded to explain, were like the inscriptions over the doors of those inns, advertising the accommodations within.

Novels have always been good at absorbing and recycling, taking plots and devices from other genres and finding new uses for them. With the chapter, novelists began, in the eighteenth century, to naturalize an informational technology from antiquity by giving it a new cultural role. What the chapter did for the novel was to aerate it: by encouraging us to pause, stop, and put the book down—a chapter before bed, say—the chapter-break helps to root novels in the routines of everyday life. The chapter openly permitted a reading oriented around pauses—for reflection or rumination, perhaps, but also for refreshment or diversion. Laurence Sterne’s “Tristram Shandy” insisted that “chapters relieve the mind,” encouraging our immersion by letting us know that we will soon be allowed to exit and return to other tasks or demands. Coming and going—an attention paid out rhythmically—would become part of how novelists imagined their books would be read.

via The Chapter: A History, by Nicholas Dames



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