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Alasdair Gray: hacedor de historias, de Juan Francisco Ferré

Como cualquier escritor sabe, antes de poder hablar de la realidad, la escritura se encuentra atrapada en un territorio simbólico, ese museo virtual y esa biblioteca imaginaria que han traducido la experiencia secular a lo largo de la historia en formas y estilos. Conocer a fondo ese bagaje, saber desplazarse con soltura por su laberíntica construcción y manipularla con fines creativos, es la primera condición del creador genuino, ese que aspira a dejar alguna huella en la historia de su arte.

ALASDAIR GRAY: HACEDOR DE HISTORIAS, de Juan Francisco Ferré.

todo está relatado comprensiblemente: lo que ocurre es que los acontecimientos presentados carecen de lógica, todo es absurdo e indeterminado

Pynchon es un narrador sofisticado y un contador de historias nato. Al contrario de lo que sucede en la ficción de David Foster Wallace, donde el postmodernismo exige una metamorfosis narrativa, en las novelas de Pynchon todo está relatado comprensiblemente. Lo que ocurre es que los acontecimientos presentados carecen de lógica, todo es absurdo e indeterminado, los protagonistas “persiguen” cosas, cuestionan las acciones que toman, y nada está claro. Estados Unidos es un país víctima de sus propios miedos —asaltados por los enemigos interiores—, que manda a ciudadanos a guerras inventadas. California —donde Pynchon ambientó varias novelas— es la prueba de esa contradicción.

via La obsesión postmodernista y la fascinación por el absurdo: David Lynch, Foster Wallace y Thomas Pynchon | FronteraD.

La literatura que él pretendía hacer, al contrario de lo que algunos le achacaban, era profundamente realista. Quizás no poseía una R mayúscula, como la calificaba él, ni estaba contada de forma lineal, pero reflejaba los acontecimientos, paisajes, y sensibilidades del momento

En este ensayo se puede apreciar una evidente intensidad narrativa, pero también la profunda carga realista del mismo. Algo que Wallace siempre defendía cuando trataba de explicar su obra de ficción. La literatura que él pretendía hacer, al contrario de lo que algunos le achacaban, era profundamente realista. Quizás no poseía una R mayúscula, como la calificaba él, ni estaba contada de forma lineal, pero reflejaba los acontecimientos, paisajes, y sensibilidades del momento. Le preocupaba la televisión, la cultura pop, la publicidad, y las drogas, porque formaban parte de la sociedad de su país y, en cierto sentido, todos estos elementos crearon —especialmente en esa época— la idiosincrasia de la nación. Dejar de lado las referencias televisivas, como el programa Late Night with David Letterman, al que le dedicó un famoso relato, o Alcohólicos Anónimos, sería obviar un pedazo de realidad contemporánea. Un verdadero artista que pretenda, a través de sus novelas, describir el mundo que le rodea, debe poner toda la carne en el asador. La construcción del escritor requiere la puesta escena de una inevitable catarsis. El viaje de La broma infinita es un ejemplo de descripción de ese “todo”.


En una de las cartas a Kirkpatrick Sale, Pynchon afirmaba que “la novela tradicional realista es el único tipo de novela que vale una mierda”. Una aseveración cuanto menos sorprendente, ya que Pynchon se convirtió en uno de los autores emblemáticos del postmodernismo literario, con un estilo muy alejado de ese tradicionalismo que tanto admiraba.

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convencidos de que en la fantasía reside mucha más autenticidad que en el realismo…

De esta manera nos volcamos en una ficción distinta, sin reglas impuestas por géneros y estilos, que nos traslada a un mundo especial al que asistimos convencidos de que en la fantasía reside mucha más autenticidad que en el realismo…

…El escritor Julio Cortázar solía decir —como parece insinuar David Lynch en relación con sus películas— que no le interesaba el típico lector que había que llevar arrastrado por la nariz; alguien cuyo principal objetivo cuando coge un libro es conocer el desenlace de la historia; el saber quién es el asesino, el culpable, quiénes deben cargar con la responsabilidad y pagar por aquello que han hecho, o aquello que nos han contado que han hecho. El escritor argentino, en cambio, buscaba un “lector cómplice”, que descubriera al mismo tiempo que el autor los secretos de su obra. Pero eso no significa que el absurdo no posea un significado, ni que esté alejado de nuestros intereses e inquietudes. Puede que sea otra forma distinta de manifestación, pero la realidad sigue estando ahí, palpable para aquellos que quieran descubrirla.

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La obsesión postmodernista y la fascinación por el absurdo: David Lynch, Foster Wallace y Thomas Pynchon | FronteraD

Cuando el novelista vio la película de Lynch, Terciopelo azul, quedó completamente deslumbrado:

 

“Fue el primer indicio de que ser un surrealista, o un escritor raro, no te exime de ciertas responsabilidades. Sino que, de hecho, te las aumenta… Quiero decir que la mayor parte de la palabra surrealismo es realismo. Es un extra realismo, es algo por encima del realismo.”

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simultaneidad: el aleph como presente absoluto

Cumplí con su ridículo requisito; al fin se fue. Cerró cautelosamente la trampa, la oscuridad, pese a una hendija que después distinguí, pudo parecerme total. Súbitamente comprendí mi peligro: me había dejado soterrar por un loco, luego de tomar un veneno. Las bravatas de Carlos transparentaban el íntimo terror de que yo no viera el prodigio; Carlos, para defender su delirio, para no saber que estaba loco tenía que matarme. Sentí un confuso malestar, que traté de atribuir a la rigidez, y no a la operación de un narcótico. Cerré los ojos, los abrí. Entonces vi el Aleph.

Arribo, ahora, al inefable centro de mi relato, empieza aquí, mi desesperación de escritor. Todo lenguaje es un alfabeto de símbolos cuyo ejercicio presupone un pasado que los interlocutores comparten; ¿cómo transmitir a los otros el infinito Aleph, que mi temerosa memoria apenas abarca? Los místicos, en análogo trance prodigan los emblemas: para significar la divinidad, un persa habla de un pájaro que de algún modo es todos los pájaros; Alanus de Insulis, de una esfera cuyo centro está en todas partes y las circunferencia en ninguna; Ezequiel, de un ángel de cuatro caras que a un tiempo se dirige al Oriente y al Occidente, al Norte y al Sur. (No en vano rememoro esas inconcebibles analogías; alguna relación tienen con el Aleph.) Quizá los dioses no me negarían el hallazgo de una imagen equivalente, pero este informe quedaría contaminado de literatura, de falsedad. Por lo demás, el problema central es irresoluble: La enumeración, si quiera parcial, de un conjunto infinito. En ese instante gigantesco, he visto millones de actos deleitables o atroces; ninguno me asombró como el hecho de que todos ocuparan el mismo punto, sin superposición y sin transparencia. Lo que vieron mis ojos fue simultáneo: lo que transcribiré sucesivo, porque el lenguaje lo es. Algo, sin embargo, recogeré.

En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Frey Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer de pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemont Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (de chico yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplicaban sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osadura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi propia sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.

Sentí infinita veneración, infinita lástima.



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