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mordaza

“Creía en todo lo que ella me decía. Me quedó grabada la masa informe de don Achille que corre por galerías subterráneas con los brazos colgando, sosteniendo entre los gruesos dedos la cabeza de Nu con una mano y la de Tina con la otra. Sufrí mucho. Me dio la fiebre del crecimiento, me recuperé, volví a enfermar. Padecí una especie de disfunción táctil, a veces tenía la impresión de que, mientras todos los seres animados a mi alrededor aceleraban sus ritmos de vida, cuando yo tocaba las superficies sólidas se volvían blancas o se hinchaban dejando espacios vacíos entre su masa interna y la capa superficial. Cuando me palpaba el cuerpo tenía la impresión de que estaba tumefacto y eso me entristecía. Estaba segura de tener mejillas como globos, manos rellenas de serrín, lóbulos de las orejas como serbas maduras, pies en forma de hogazas de pan. Cuando pisé otra vez la calle y volví a ir a la escuela, sentí que el espacio también había cambiado. Parecía encadenado entre dos polos oscuros, por un extremo estaba la burbuja de aire subterráneo que presionaba desde las raíces de las casas, la siniestra caverna en la que habían caído las muñecas; por el otro estaba el globo allá en lo alto, en el cuarto piso del edificio donde vivía don Achille, que nos las había robado. Los dos balones estaban como atornillados en la punta de una barra de hierro que, en mi imaginación, cruzaba oblicuamente los apartamentos, las calles, el campo, los túneles, las vías, y los compactaba. Me sentía aprisionada dentro de aquella mordaza junto con la masa de cosas y personas de cada día, y tenía mal sabor de boca, una permanente sensación de náusea que me consumía, como si todo, así comprimido, siempre más apretado, me triturara y me convirtiera en una crema repugnante.”

Elena Ferrante, La amiga estupenda

Here Be Monsters

The word “monster” encloses a memory of monstrare, to show, as in “demonstrate,” and monsters were interpreted as revealing in many different ways: as in the Arabian Nights, the sea gave evidence of the plenitude and infinite variety of creation and the maps enriched understanding of the Book of Nature and its mirabilia. Artists working for the mapmakers portrayed elements of monstrosity with wonderful ingenuity, shuffling tusks, horns, fins, flippers, flukes, blowholes, tentacles, gills, scales, spikes, tails, and limbs to produce a catalog of jumbled creatures with eyes on their bodies and jaws on their tails and so forth. Many of these are “Poetical Animals,” as Thomas Browne called griffins, but others approximate whales and sharks, polyps and crabs, and in the view of these studies, the mappers were fumbling toward an empirical grasp, and trying to guide and protect navigators.An echo of monere, to warn, may also sound in the word “monster,” and while sea monsters may have embodied physical dangers, they were also frequently taken to be divine portents—Leviathans to punish the wicked or prophesy doom. Olaus Magnus was facing both ways, backward to medieval allegory, forward to empirical inquiry; but ancient fears still suffuse Melville’s vision of the white whale and Ahab’s pursuit, while recently, when two dead oarfish were discovered in California, one eighteen feet long, the other fourteen feet, they were immediately connected, rather shiveringly, with a local legend that such colossal snaky deepwater fish only surface when an earthquake is pending.

via Here Be Monsters by Marina Warner | The New York Review of Books.

Detail of the map Americae 1562 (the Americas) by Diego Gutiérrez and Hieronymus Cock (engraver) via LoC and Wikimedia, via Charting The Unknown « The Dish.

 



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